Medicina Veterinaria

Conviene recordar que desde la más remota antigüedad el arte de curar era uno y la misma mano que prodigaba al hombre los cuidados cuando estaba enfermo, se la llamaba para hacer lo mismo con los animales (un mundo una salud, ¡y creemos que lo hemos inventado ahora!). Fue el alma el principio vital que marcó la distinción y separación entre la medicina humana y animal (esto merece una nueva charla para ajustar el dial de la medicina desde el lado social y religioso).

No tenía nada de extraño que, basado en este principio, la Veterinaria quedase más tarde subordinada a la Medicina. Publio Flavio Vegetio Renato (siglos IV-V d. de C.) en su obra «Ars veterinaria sive mulomedicina», obra de la que circulaban varios manuscritos y cuya primera edición apareció en Basilea en 1528, subordina la veterinaria a la medicina (sicut animalia post hominem, ita ars veterinaria post medicinam secunda est). Todo ello dio como resultado la progresiva separación de la medicina humana y animal imposibilitando la intervención de los médicos. Por ello ante el problema acuciante de las pestes en los animales y la imposibilidad de la ayuda de la Patología médica para evitar la consiguiente disminución de éstos para las labores agrícolas, industriales y comerciales, así como la disminución de los productos y subproductos de esta especie y de otras -al fin y al cabo había que comer- los gobiernos europeos se plantearon la necesidad de crear Centros de enseñanza oficial de la medicina animal que preparasen buenos profesionales para el ejercicio de la medicina de los brutos. Aunque de forma excepcional ya se habían creado Centros en varios países para la formación de personas instruidas capaces de poder hacer frente a los problemas de los procesos infecciosos, parasitarios y contagiosos (rabia, muermo, carbunco, viruela, y otras enfermedades pestilenciales), no tuvieron ni el éxito ni la duración que hubiese sido desear. Estos esbozos de enseñanza, aunque, meritorios en origen, no dieron los resultados apetecidos. Muchos años tuvieron que pasar todavía para que las Ciencias Veterinarias se pudiesen liberar del férreo yugo de la sublime medicina humana y de los sanadores de almas. Desprenderse de estas envolturas fetales no fue nada fácil. Pero una vez logrado el desprendimiento placentario, y su liberación de los cotiledones, la nueva Ciencia que se gestaba empezó su propio recorrido y como consecuencia su fortalecimiento.

En España se asienta y regula el ejercicio de la medicina animal mucho antes que en otros países del entorno europeo. Pero nuestros complejos y un raro atavismo de permanente inferioridad mental hicieron que perdiésemos el tren de la modernidad. El primer chispazo de que esta profesión era útil a la sociedad se produce en 1500, al crear los Reyes Católicos el Real Tribunal del Protoalbeiterato; aunque su existencia fue anterior. Lo que persiguieron los reyes, muy bien asesorados por los miembros del Tribunal de Castilla, fue poner orden en el intransitable camino de las profesiones sanitarias, y muy concretamente en el ejercicio de la Albeitería.

Observarán que todas las profesiones desde que principian su recorrido tienden a disciplinarse y la veterinaria no iba a ser menos. Llegar a alcanzar reconocimiento y prestigio en los ámbitos científico, profesional y social requería un esfuerzo, tanto en el pasado como en el presente.

La piedra angular para el reconocimiento es y será la rapidez en la transmisión de los conocimientos. Siempre he manifestado por escrito y de palabra, y aquí lo vuelvo a decir una vez más, que la excelencia académica que todo docente persigue se sustenta sobre tres pilares.

  • El primero de ellos es la cátedra, concebida en su forma más pura, es decir, la convivencia franca, fresca y generosa entre el Maestro y sus discípulos, huyendo del “magister dixit”, ¡lo dijo el Maestro, Amén!, no olvidemos que los profesores tienen alumnos y solo unos pocos, los Maestros, tienen discípulos.
  • El segundo pilar es la biblioteca, manantial silencioso del que brota el conocimiento acumulado en sus anaqueles, aunque estos sean en formato digital. A la biblioteca hay que ir con el ánimo encendido para hacerla hablar, acercarse a ella es un verdadero acto de amor.
  • El tercer pilar, se sorprenderán, es el museo, donde uno constata la evolución de las sociedades, y donde se produce la convivencia entre varias generaciones profesionales. Es un acto de valentía pues la lucha generacional se da mejor en ese cuadrilátero.

Cátedra, biblioteca y museo nos proporciona un importante haz de ideas fuerza que se traducirá en un caudal de conocimientos y en una formidable formación universitaria. Si todos estos ingredientes enumerados anteriormente los sazonamos con un chorro generoso de vocación dará como resultado la elevación del prestigio profesional de las actuales Ciencias Veterinarias.

He utilizado con toda intención el término de Ciencias Veterinarias (en plural) para indicarles, sin tiquismiquis ni ambages, que el término “Veterinaria” es en la actualidad limitante. Nuestra profesión, en permanente renovación, en constante renacimiento, ha seguido abriendo durante su evolución histórica  nuevos campos que, por nuestra tibieza, no hemos sabido dejarlos perfectamente anclados al ejercicio profesional. Esta responsabilidad recae sobre todos nosotros, ¡sí!, sobre todos nosotros, con nombres y apellidos; ¡échense a temblar! cuando dentro de cien años los historiadores nos presten atención.

En este acto de exaltación profesional conviene señalar que se está produciendo en nuestros estudios una inconsciente deriva. No solo la medicina y cirugía enmarca el ejercicio profesional, si no que las producciones animales, junto a otros campos como la higiene y seguridad alimentaria, la higiene y sanidad ambiental, y la higiene y sanidad animal ya eran citadas en la primera lección que se impartió el 18 de octubre de 1793 en la clase inaugural del Real Colegio-Escuela de la Corte. Cada uno de estos campos los fueron desarrollando los pioneros y novatores de la Veterinaria. Con el paso del tiempo quedaron todos enmarcados dentro de las actuales Ciencias Veterinarias, término mucho más preciso por su amplitud y que es adoptado con toda naturalidad y acierto por la comunidad de habla hispana y por los países de nuestro entorno. Quizá se sorprendan por el énfasis y el elevado tono que he puesto en lo dicho pero he querido provocarles con el único fin de remover sus pensamientos.

De todo lo dicho se infiere que el prestigio de nuestras actuales Ciencias Veterinarias se sustenta sobre tres principios los cuales los enumero por el siguiente orden:

  1. Organización, normalización y desarrollo ¡permanente! de la enseñanza de las Ciencias Veterinarias.
  2. Organización, desarrollo y perfeccionamiento de las estructuras profesionales y, por último
  3. Implantación y desarrollo de la especialización en Ciencias Veterinarias.